Torazo, Itinerario de gozos del «Pueblo Ejemplar»

Torazu › Cabranes › Asturias

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Ruta GPS

Teléfonos: Oficina de turismo

985 898 002

 

Datos básicos

Clasificación: Etnografía

Clase: El concejo

Tipo: Varios

Comunidad autónoma: Principado de Asturias

Provincia: Asturias

Municipio: Cabranes

Parroquia: Torazu

Entidad: Torazu

Comarca: Comarca de la Sidra

Zona: Oriente de Asturias

Situación: Montaña de Asturias

Dirección: Torazu

Código postal: 33310

Cómo llegar: Torazo, Itinerario de gozos del «Pueblo Ejemplar»

Dirección digital: 8CMP9HVX+RR

E-mail: Oficina de turismo

E-mail: Ayuntamiento de Cabranes

Sobre Cabranes: Ejemplar, rural, con sabor a arroz con leche y a boroña, con frondosos bosques y generosos prados, espacio de tranquilidad y silencio rural. Así es Cabranes, con N de naturalmente.

Tipo de turismo: accesible, arqueológico, carreras de montaña, descanso, ecoturismo, gastronómico, lgtb, montaña, monumental y rural.

 

Torazo, Itinerario de gozos del «Pueblo Ejemplar»

Nota: No disponemos de foto de Torazo, Itinerario de gozos del «Pueblo Ejemplar», mostramos un detalle del mapa de la zona. Si observa algún error en el contenido, agradecemos use el formulario que hay a pie de página.

Descripción:

Autor: Enrique Corripio Monestina, periodista cabranés, editor y director de El Eco de Cabranes y Cronista Oficial del Concejo.

Entre Infiesto y Villaviciosa hay una carretera (la AS-255, reinaugurada el pasado 30 de septiembre) linda y hermosa —ahora de 17 kilómetros, en lugar de 22—, y en medio del camino de mis afanes... ¡chispún!, hallamos el desvío (en La Encrucijada, o Curciada) de apenas dos kilómetros, que nos llevará a Torazo.

El pueblo se mece entre montículos, o más propiamente, como dice Óscar Buznego, «se estira sobre el lomo de las Asturias de Cabranes, como queriendo alcanzar la base» de las montañas que le rodean «para sentirse protegido»; y apenas lo oteamos ya nos sorprende, cual vigía majestuoso, la última de sus instalaciones más relumbrantes, la Hostería. Pero, siendo su pórtico visual éste, el más verdadero es Fontionga, que debe su nombre a la existencia de una primitiva fuente en la ladera derecha, según iniciamos la ascensión hacia el pueblo sin abandonar la carretera. Prestemos atención a esta ladera, que además de por lo dicho nos asombrará por las impresionantes —sobre todo con nieve— crestas, cordales y macizos anunciadores de la cordillera Cantábrica. No es baladí, como indicaremos, cuando estemos en La Sienra.

Unos metros más allá alcanzamos Los Cuetos, donde nos saludan algunas interesantes muestras de arquitectura indiana, porque la emigración dejó indeleble huella aquí, repercutida, sobre todo, en países como México o Argentina. ¡Esas madres y abuelas —recuerdo— que en la década de los sesenta esperaban cartas... o la presencia premonitoria de una mariposa en la casa! ¡Qué fe, la de ellas, casi siempre compensada al día siguiente por el sobre anhelado del hijo o nieto ausentes!

Llegamos, entonces, a la Plaza de La Llanxa, otro lugar bullicioso y centro recreativo por antonomasia, y hoy acogedor enclave donde contemplar, frontal, el monte sagrado de los toracenses (y acaso también de los cabraneses, con permiso de la Coroña de Castro —primer asentamiento de sus pobladores, los cabrangini— o de Peña Cabrera). Hablamos del llamado Picu Incós, la mayor elevación del Concejo, con 581 metros. Es bastante accesible, por cierto, gracias a la ruta que cada mes de agosto hollan los atletas del cross y sus organizadores, agrupados en la Asociación El Berizu. A sus pies, Incós. Le separan apenas dos kilómetros de Torazo y en los citados sesenta se erigió como su zona residencial, con chalés de importancia, canchas de tenis y algún caracterizado personaje, como Truman.

Este lugar, afamado también por su jira de finales de agosto —-creada por los emigrantes para despedir su estancia veraniega—, ocupaba un sitio muy especial en la memoria de María Josefa Canellada. Se lo contó así a Primitivo Luengo (RNE) en 1984: «Más tarde fueron mis veranos en Incós, una como isla pero estaba en un monte, donde había todo lo que una pobre estudiantilla madrileña pudiera apetecer: una rebañada de hermanos, primos, una deliciosa correría continuada durante todo el día y además estaba la casa, como de cuento». El trayecto hasta Incós es de ascensión suave e ideal para andariegos. Y si se sube al Picu, la vista -y también el alma- lo agradecerán: Un mar de paisaje en el que nadar.

Huele a emigración esta tierra, sí. Pero también a sosiego, a naturaleza, a silencio de aldea, a añoranzas, a bienestar. Como dice la periodista Soledad Gallego-Díaz, «Torazo es un pueblo auténtico, sin trampas, y tan hermoso que a veces hasta dan ganas de reír, es lo que siempre soñé, porque además no es incómodo ni anticuado».

En los albores de sus Encuentros anuales, una ilustre consorte de la zona, Isabel Uría (hija de Juan Uría Ríu, y medievalista), alumbró la tesis de que Torazo gozaba de un microclima especial, auspiciado por no sé qué factores, pero no desmentido por las sensaciones tan agradables que en verdad se disfrutan una vez aquí.

La pequeña localidad tiene sus barrios, y todos con encanto.

Al de más abajo le denominan La Fabera. En él se ubica la escuela, rejuvenecida con obras de talleres didácticos, de albañilería y dotada con equipos para acceso por red inalámbrica a internet.

Y además de fabes buena semilla de ella se llevaron los que emigraron y los que se quedaron, pues fue sede de los Encuentros en Torazo, una iniciativa de debate sobre el mundo rural creada en 1987 por el profesor cabranés Óscar Rodríguez Buznego.

De esa aula surgieron notables y clarividentes análisis, como aquel que tanta mella nos hizo, en el verano de 1990, cuando el antropólogo Adolfo García Martínez nos sentenció, categórico: «El mundo rural se va a pique porque las mujeres lo han abandonado». Y lo argumentaba así: «La mujer, al disponer de un mayor nivel de instrucción, ha dejado de aceptar el esquema tradicional, en el que resultaba sometida, y ha emigrado, o lucha por un cambio, involucrando al hombre, hasta que le convence para irse».

Afortunadamente la realidad no está siendo tan cruel y hay mujeres que sí apuestan por la vida en las aldeas. En Torazo tenemos aleccionadores testimonios.

En una casa de La Fabera «cocinó» Maruja Torres su novela «Un calor tan cercano», posiblemente uno de los mejores ejemplos para demostrar que periodismo y buena literatura no rivalizan.

Pero salgamos ahora de ahí, de esos viejos tiempos aunque sin perderlos de vista, y volvamos a la carretera principal que atraviesa el pueblo como meandros jugueteando con su orografía. En esa subida desde el patio de la escuela iremos descubriendo la iglesia parroquial, visible desde cualquier lado por su estratégica ubicación sobre una cima. Su puerta sur es de estilo románico. En su torre, bajo la campana, figura un reloj, y debajo de éste, en una hornacina cerrada con cristal, está la imagen del Santo Patrono —San Martín el Real— a caballo. Su nave central se dice del siglo XII, y los añadidos de la parte sur, de 1685. El pavimento es de losas sepulcrales de los siglos XVI y XVII. La venerada Virgen del Carmen —llamada «la buena moza» por el tamaño y esbeltez de su figura, en este templo— tiene dentro del mismo capilla propia, está engalanada con un manto de gran valor donado por los emigrantes de México y en su honor se celebran las mejores fiestas, con una procesión de ramos vistosísima y acreditadísima.

A propósito de los ramos, «gala y ornato de la multitudinaria romería del Carmen» (José Antonio Mases) y descritos así por un cronista del siglo XIX: «El ramo es una pirámide hueca formada por palos y afianzada en unas andas o angarillas. Sus adornos consisten en multitud de panes, gallinas, tortas, jamones y otras ofrendas que van sujetas a la pirámide con vistosas cintas de varios colores, de las que cuelgan joyas, medallas, collares, plumas, flores, etc».

Por el lado norte de la iglesia está la Plaza de Melchor Llavona («Torazo, un pueblo agradecido», proclamaba la crónica de la época en este mismo periódico cuando se le tributó el homenaje a este entrañable vecino, en 1969). Aquí también, la panadería y la parrilla, y más allá, El Rebollón, con otra bella muestra de arquitectura indiana, datada en 1917 y coetánea con la de Los Cuetos.

Saliendo ya para Incós, encaramado lateralmente, otro barrio, La Miyar, por donde dicen que discurría una calzada romana.

Volvamos a la puerta sur del templo. Saliendo por ella bajaremos por la escalinata más fotografiada y que más emociones concita, el día del Carmen. Por ahí procesiona la treintena de ramos que cada año acompañan a la Virgen, camino de la inmediata Plazuela. Ofrece ésta como un esbozo de las afamadas galerías coruñesas, éstas en recóndito regazo. Desde uno de sus balcones se da la homilía de ese día grande.

En esa bajada habremos dejado, a la derecha, Tras la Iglesia, donde nació y creció la Asociación Cultural Incós, que promovió la candidatura del premio. Descendemos ahora por la carretera y encontramos a la izquierda un caserón catalogado, con vistosa galería y panera asociada; y al otro lado la bifurcación que da acceso a la alargada calle, de unos 350 metros, dedicada a la inolvidable filóloga María Josefa Canellada, autora de «El bable de Cabranes», «un habla sin extremosidades —decía ella—, el habla rústica normal que es justa, reposada y que puede representar perfectamente el hablar central asturiano, frente al oriental y al occidental».

Esta calle que lleva su nombre tiene una pequeña multitud de atajos, desvíos, callejuelas laterales. Algunas nos llevan a El Cantón, el barrio más al oeste; y otras, a La Puebla, que algún vecino llama también «de Guzmán el Bueno».

Siendo Torazo un pueblo renovado integralmente, es en esta amplia zona donde podremos admirar con mayor extensión estas mejoras de pavimentos adoquinados, losas de canto rodado, encintados de granito, mobiliario, jardinería, etc. Se ha puesto como ejemplo de fructífera colaboración entre administraciones (local, autonómica y estatal). Esta conjunción, más la iniciativa privada y la otra simbiosis entre tradición y modernidad han potenciado el resplandor merecido del premio. Como dice el alcalde de Cabranes, Alejandro Vega Riego, «los vecinos y las asociaciones han sabido actualizar las tradiciones más ancestrales para convertirlas en oportunidades de futuro». Lo cierto es que al final de esta vía, de suave ascensión, habremos pasado —sin darnos cuenta— por delante de casas con un tesoro ancestral: las fornas en las que se cocinan las boroñas, convertidas para todos en fastuosa expresión de gozo en su festival, el primer domingo de junio.

Y finalmente nos extasiaremos en el robledal de La Sienra, donde hay una capilla (del siglo XVIII) del mismo nombre, en la que se subastan los ramos. Y la panorámica de alrededores impresiona. Como indica el montañero cabranés Melchor Huerta Naredo, «el viajero descubrirá un sinfín de sierras y cordales montañosos que difícilmente podrá borrar de su retina», con vistas a doce concejos.

Torazo, «un Toratium aglutinante de pequeños núcleos agriculturizados» (Agustín Hevia, Archivo Histórico Diocesano), etimológicamente se dice que lugar o enclave elevado, «quizá de origen celta, ya que rendían culto a ciertos animales que divinizaban» (Mases, haciéndose eco de Fernando Carrera), se adorna alrededor de pueblos con solera.

Pepe Canellada, hermano de María Josefa, decía del de Castiello que «tiene veinte casas, incluidos corrales y lagares, todos en fila, produciendo desde lejos la impresión de una larga cordelada de ropa tendida». Cervera y La Cotariella nos asoman a un valle interior «per guapu». La Rebollada y Peñella asombran gratamente.

Recuperando la versificación del principio, del senador José Carlos Cienfuegos-Jovellanos y datada en 1940, para y no sigas, y hallarás, aquí escondida, la hermosa dicha que, apetecida, siempre se va.

NOTA

Este texto fue también publicado el domingo día 19 de octubre de 2008 en el diario La Nueva España de Oviedo (pág. 20), bajo el título de Itinerario de gozos del «Pueblo Ejemplar».

Historia de Cabranes

Cabranes, que no tiene un topónimo de origen conocido, ni romano ni prerromano, es una tierra de ocupación temprana. Este concejo comenzó a habitarse en el Neolítico por gentes que se dedicaban fundamentalmente al pastoreo. Ocupan, entonces, las zonas altas del territorio, propicias al mantenimiento de pradera natural. Testigos de su presencia son los túmulos funerarios que nos dejaron en Monte Aliño (Fresnedo), en Monte Incós (La Parte) y en Peña Cabrera (Niao). Esta población tiene continuidad cronológica en la Edad del Bronce, que deja insculturas en La Peña de Santiago (La Puerta), lugar que tendrá posterior ocupación medieval.

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